Reflexiones

Aunque la edad de los héroes por excelencia es la adolescencia, todavía los hay que en la madurez quieren ser héroes. La sociedad actual gira alrededor de la figura de héroes tangibles o virtuales, héroes de nuestro tiempo, jóvenes de éxito, líderes carismáticos o no que suscitan admiración, etc.

El héroe griego, el ejemplo clásico, era joven porque era imprescindible que tuviera presencia física y habilidad en el uso de las armas, y soportara las cargas que le imponía su comunidad. De él y sus gestas dependía la libertad de su pueblo, pero la leyenda le llegaba con la muerte.

Con la muerte se les reconoce a los héroes como tales, y un último elemento que los sacralizaba era su alianza con algún dios del Olimpo. Ejemplos de estos todos los conocemos. Con este ejemplo entendemos muchos comportamientos de algunos líderes políticos, religiosos, etc, de nuestros días.

El comportamiento del héroe es siempre puntual, como solución a unas circunstancias que no pueden aplazarse, en ese escenario afirmará su destino.

Desde luego no se puede subestimar a los héroes positivos, de hoy en día, que dan su vida por la libertad, el desarrollo de los oprimidos, la paz, etc. Pero lo que es preocupante es la creación, uno tras otro, de pseudohéroes por los medios de comunicación de masas, que incluso mueren sin ningún sentido pero que arrastran a un gran número de población.

Bertolt Brecha, el gran dramaturgo alemán, decía: “Felices las sociedades que no necesitan héroes”, con ello quería demostrar su preferencia por las sociedades o grupos en los que todos somos protagonistas. Debemos ser protagonistas de nuestra vida cotidiana y por tanto de nuestra sociedad, o sino sólo seremos los héroes de la barra del bar, de la droga, del estadio de fútbol, de los falsos rumores, de la mentira, de la violencia, del trabajo ajeno, del poder del cuchillo, las metralletas, en definitiva, héroes de la nada. Héroes convertidos de este modo en víctimas de si mismos y, lo peor, que arrastran a otros para justificar su inoperancia.

Tenemos una sociedad que no sabe proponer nuevas utopías que ayuden a crear un futuro de todos. Hay que encontrarle un sentido al mundo para que mejoren las cosas cotidianas, las de todos. Es preciso enriquecerse de fantasía, alimentar el mundo de las ideas y de las aspiraciones, soñar con los ojos abiertos, y amarnos los unos a los otros para ser conscientes de los que nos rodea, para reconocer los errores ante los demás, para no tener miedo.

Para no convertirse en héroe es preciso encontrar gratificaciones en la vida diaria que compensen el grado de frustración o sensación de malestar. La frustración conduce al heroísmo que es lo mismo que a la propia destrucción.

Admiremos a las personas modelo que tienen una trayectoria de vida. El modelo enseña a vivir, el héroe a morir. El modelo se articula en el tiempo y muestra una trayectoria coherente, valor y respeto, desarrollo y madurez de la que se toma ejemplo, se aprende. El héroe se consume en un instante.

Las personas modélicas te conducen a una realidad además que fascina la de ayudar a los demás, en definiitva la del grupo.

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